Loreena Mckennitt en el Palau de la Música de Barcelona – 24/04/2012

Anoche tuve un sueño. Y aunque muchas historias comienzan así, ésta, en particular, fue única.

Tras meses de espera, el encuentro tuvo lugar. El buen ambiente y los agitados ánimos comenzaban a darse cita, bajo un cielo levemente estrellado, tanto dentro como en las inmediaciones del recinto, uno de los más bellos templos del modernismo del siglo XX, el Palau de la Música Catalana.

Las almas que acudían se afanaban en ingerir burbujeante cava o refrescante vino, a modo de antídoto, preparando el cuerpo para prevenir la inminente embestida sensorial.

Ya en nuestro lugar, y cada vez más ansiosos, con apenas diez minutos de retraso, se apagaron las luces y el delirio hizo subir el telón.

El aperitivo fue exquisito: un cálido momento con tonos celtas a contraluz, en el que los músicos que nos acompañarían en esta increíble singladura comenzaron a presentarse. Un violín, una flauta, una gaita, un bouzouki, una batería, una guitarra y un chelo. Uno a uno, sumándose a un himno que no sería sino el preludio de la aparición de una diosa, cuya entrada a tan majestuoso cuadro apenas se percibió, invadiendo éste con un halo tan extenso como diminuta era su figura.

Lorena McKennitt entró en escena y ya no era necesario cerrar los ojos para continuar soñando.

Lo que ocurrió a partir de ahí fue sencillamente un peregrinaje por mundos de fantasía, verdes llanuras, tierras de inmigrantes y misteriosas culturas.

Comenzamos a caminar cogidos de su mano, recorriendo junto a ella senderos iluminados por la luz rojiza que emitían sus cabellos, y embelesados por la profundidad y delicadeza de sus movimientos y de su mirada cautivadora.

La presentación a todos y cada uno de los temas que interpretó no fue si no la advertencia a una nueva embestida, cada vez más impactante. Y todo ello orquestado por unas frágiles y dulces palabras, que prácticamente se deshacían al tiempo que consumían nuestro aliento.

Todo lo que nos llegaba era de una belleza espectacular, tan intensa que dolía.

Su voz, de una modulación exquisita, parecía en ocasiones reprimirse para no hacer estallar los cristales decorados que conforman la pared de tan hermoso edificio, y nos llegaba en oleadas, en especial, cuando alcanzaba los tonos más altos…entonces un escalofrío invadía nuestro cuerpo y lo sacudía, y para cuando volvíamos a respirar y llegaba el siguiente, ya no ofrecíamos resistencia alguna, era imposible.

Grandes momentos se dieron cita también, como la emoción que nos invadió cuando nos permitió fotografiarla o grabarla. Tomó su acordeón y comenzó a sonar “Santiago”; cuando durante unos segundos compartió voz con la magnífica cantautora y violonchelista Caroline Lavelle; o cuando arpa y guitarra eléctrica se unieron en una deliciosa danza.

La actitud de esta asombrosa mujer sobre el escenario era inmensamente solidaria, al dar paso a los músicos que le acompañaban, y rendirles pleitesía en cada gesto hacia ellos. Su frágil figura se tornaba poderosa, acariciando las teclas de su piano, su acordeón, o las cuerdas del arpa. Y las melodías que brotaban de estos instrumentos proporcionaban una sensación de paz y misticismo creciente, coronando las orillas de nuestro sendero con frondosas sensaciones que nos harían desorientarnos y no desear encontrar jamás el camino de regreso.

Anoche tuve un sueño, del que no quisiera despertar, al menos no tan pronto. Un sueño en el que un peregrinar de almas hipnotizadas por bellas melodías y una voz que sólo puede proceder de un mundo no real, o de fantasía, nos llevó a descubrir y recordar para siempre la belleza que nos aguarda con tan solo cerrar los ojos y dejarnos llevar.

Y si nos dejamos llevar lo suficiente, aún nos puede guiar al abrirlos….

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3 pensamientos en “Loreena Mckennitt en el Palau de la Música de Barcelona – 24/04/2012

  1. Fue el contraste entre una noche en la que el fútbol divino y lleno de fantasía del Barça se estrelló con el primitivismo y la suerte del que no mereció, sin embargo, en el Palau sí se impuso la fantasía de una arista única e irrepetibel

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